Editorial: Sueños sobre arena



Cuando los hermanos Chang nos anunciaron que por fin se habían comprado el sueño de sus vidas nosotros pensamos en grande. En aviones, en flotas de yates de muchos pies, en avionetas, en ejércitos privados, mansiones con mucho mármol y grifería de oro, dos islas gemelas en la Polinesia –una para cada uno-, vuelos privados a Marte y desarrollos hoteleros en la Luna.

Lo del quiosco de playa, palabra, que no lo veíamos venir.

Ese quiosquito de playa parecía un perro abandonado, allí frente al mar, como si lo hubieran lanzado desde un helicóptero y con la caída se hubiera clavado en medio de la arena. Cuadrado, solitario, minúsculo, tristón.

El carro donde veníamos se paró a unos veinte metros. Nos entregaron una bolsa en cuyo interior había un par de chancletas, tres combinaciones de camisas hawaianas con un juego intercambiable de bermudas, dos celulares. El chofer de los Chang bajó del auto, abrió la maleta y de allí sacó una cava plástica azul. La depositó a nuestros pies –de hecho tuvimos que saltar para salvar los dedos- y sin más explicaciones la limosina Chang arrancó levantando una nube de arena que nos entró hasta por los huequitos que separan los dientes. Por no decir lo que nos hizo en otras partes.

Cada quien se metió su bolsa de supervivencia bajo el brazo, cogió un asa de la cava plástica y así enfilamos hacia el quiosco de playa antes de que acabara de ocultarse el sol detrás de las olas. Los veinte metros se nos hicieron idénticos a cuatrocientos con obstáculos; aquello pesaba como un muerto –eso pensamos, pero ninguno de los dos se atrevió a decirlo, no fuera cosa que-.

Entramos por la ventana, en limpia zambullida de cabeza, porque puerta aquella cosa no tenía. La cava la dejamos afuera, en una esquina sobre la arena, primero porque pesaba un mundo y luego porque ya era de noche cerrada y no veíamos dónde ponerla, pero sobre todo –eso tampoco lo dijimos, y ni hizo falta- porque preferimos no dormir con lo que fuera estuviera adentro.

Esa noche la pasamos en vela, sentados sobre las bolsas, iluminándonos las caras con las pantallas de los celulares, royéndonos los sesos en la estéril búsqueda de qué demonios íbamos a hacer en ese lugar; porque ese quiosco, fuera de arena y las cuatro paredes, estaba más desierto que la playa a esa hora.

Y lo otro que no nos dejó pegar ojo -aunque nadie mencionara palabra al respecto-, era la inquietud de saber qué había dentro de esa neverita portátil. Pasamos la madrugada entera sumando nuestros respectivos corajes para que con el amanecer surgiera un valiente que le quitara la tapa. Mínimo estaban las cepas de la gripe porcina. O su primera víctima, rebanada.

No hizo falta ponernos de acuerdo, salió el sol y con él se nos iluminó la valentía. Saltamos por la ventana y a la cuenta silenciosa de tres, con punta de dedos, destapamos la cava.

Una computadora. Adentro lo que había era una computadora.

Nos quedamos varios minutos viendo aquello, en silencio, pero compartiendo la misma cara de “¿Pero a quién coño se le ocurre meter una computadora en una cava?”.

Hasta que entonces entendimos que los celulares y la computadora sólo nos servían para algo: contactar a los colaboradores y pedirles auxilio.

Fueron muchos los: “no, hermano, yo ahora no puedo porque justo hoy me sacan las cuatro cordales” y los “yo creo que no va a poder ser porque seguro me da apendicitis mañana”, y los “pero es que yo de quioscos no tengo idea, y si son de playa menos” y los “¡coño, de verdad, una computadora en una cava!”.

Pero al final vinieron todos los que están y todos los que son. Lo hicieron no tanto por la solidaridad que quisiéramos sino porque las invitaciones Chang no aceptan negativas y sobre todo porque, como Santo Tomás, “yo para creer tengo que ver esa computadora dentro de esa cava”.

Y, claro, vinieron porque sentarse sobre esa cava con la espalda recostada al quiosco de playa a ver las olas, los días, el mundo y las chicas en biquini pasar es, definitivamente, el sueño hecho realidad de muchos que ni sabíamos también soñábamos con eso.


Fedosy Santaella y José Urriola, quiosqueros playeros.

Mar + Mantra

Humberto Valdivieso


I
Ouarzazate

Nunca estuve en Agadir a tiempo. Una y otra vez fue imposible controlar la azarosa vía que me dejaba en Ouarzazate. Ese no era mi destino; pero llegué ahí buscando la piel digital de tus palabras, los fotogramas en tránsito entre nuestros calurosos segundos (metáforas vacías de algo que no ocurrió. Pueden tacharse sin piedad). No presentí muchas cosas que viviría después. Los días que pasé ahí fueron honestos: jamás quise nada editado, todo lo dicho fue guardado en la memoria con la misma inocencia de nuestra irresponsabilidad.

II
Agadir

Las palabras siempre aparecieron alrededor. Una vez lejos de ellas hubiese estado seguro. Recordarlas tuvo sentido años después; cuando me golpearon el rostro mientras veía el mar desde la terraza azul de Ksar Massa. Todo era redundante como mis llegadas repentinas. Cada día hubo luz blanca sobre arena blanca y un turquesa intenso en el horizonte. La brisa dejaba marcas de sal, nada originales, en mis labios de las 4 de la tarde. No existían límites en aquella playa atrapada en tantos videotapes, que en realidad eran uno.

III
Mantra

Justo a las 11:57 de la mañana llegué cerca de las olas pacientes. Las bocanadas de salitre iban y venían entre el agua y el desierto. Estaba de pie en ese lugar para grabar el mismo mantra que nos tatuamos la primera ocasión:


deja el mar donde corresponde
deja el mar donde corresponde
deja el mar donde corresponde
deja el mar donde corresponde
deja el mar donde corresponde
deja el mar donde corresponde
deja el mar donde corresponde

Por la tapa de la barriga

Fedosy Santaella



Doctor en Literatura por la Universidad de Salamanca, investigador de la Universidad Central, catedrático en pre y postgrado, profesor invitado a varias universidades del mundo y miembro de la Real Academia de la Lengua y de la Historia. Nadie en el mundo podía negar que Nepomuceno Durán era un hombre serio y sesudo. Muchos, incluso, lo consideraban un genio.

Gustaba el distinguido doctor de la concentración del estudio, del silencio umbrío de las bibliotecas y de los libros, y de las meditaciones filosóficas de jardín universitario. Abominaba, claro está, el caos urbano y las banalidades de la masa, ese virus, esa bacteria que de solo mirarla, contaminaba. La masa y su porfiada tendencia a lo corpóreo, a lo excesivo, a lo colorido, a la bulla.

No obstante, la pasada Semana Santa no pudo evitar encontrarse en medio del barullo y de la congestión visual de una isla tropical.

¿Cómo llegó nuestro doctor al mar? Pues muy sencillo: a pesar de sus esfuerzos por ignorarla, el doctor Nepomuceno Durán tenía familia.

Su hermana mayor, a la que tenía años sin ver, llegó unos días antes de Semana Santa a la capital. Destacada bióloga, vivía en Alemania desde hacía quince años y no había vuelto al país desde hacía diez. Esta hermana, aunque toda una eminencia en su campo, era menos dada al encierro. ¡Pero claro, era bióloga! Así que apenas llegó, le informó a Nepomuceno que no podía pasar sin ir a la playa. De hecho, ya había reservado posada por los lados de Morrocoy y, ¡sorpresa!, él estaba invitado.

—No puedes negarte, hermanito. Ya pagué el hospedaje y la comida.

El doctor, que atesoraba con celo cada centavo que ganaba, aceptó la invitación, pero sólo para no ver perdido el dinero de su hermana, y nada más.


***




Dos días más tarde, Nepomuceno Durán pisaba las blancas arenas de Cayo Sombrero. Iba con sus largos bermudas, sus zapatos Sebago de los ochenta, sus medias largas, su gorro Barbour y su arremangada y ancha camisa a rayas. Se sabía ridículo, ajeno, pero no le importaba; su rango y su altura justificaban la facha. Peor hubiera sido que algún colega o alumno lo viera en tangas, o con una franela pegada que evidenciara su enorme panza… Ah, porque ha llegado el momento de decirlo: el doctor era muy alto, de rostro enjuto y de piernas y brazos delgados, pero llevaba sobre su abdomen una barriga descomunal. A pesar de que no bebía alcohol y se alimentaba frugalmente, tenía aquella panza que le avergonzaba y que no se disminuía con ninguna dieta. Quizás tantas horas sedentarias entre libros le habían hecho salir tal prominencia. Quién sabe. Lo cierto es que para él, esa barriga era como un vergonzoso vínculo con la masa que tanto detestaba, y por ello procuraba ocultarla bajo sus anchas camisas y bajo su chaqueta de tweed y amplios bolsillos, comprada en Londres hacía un montón de años.

Apenas llegó se instaló debajo de una sombrilla y se dedicó a leer un grueso libro de semiótica traído para la ocasión. Su hermana, el marido de su hermana y sus dos sobrinas se hallaban echados sobre sus respectivas toallas, cual peces que disfrutan de una muerte soleada. Viéndolos, Nepomuceno pensó que había logrado sortear sin inconvenientes aquella descabellada aventura familiar en medio de la masa. Ya estaba decidido: él se quedaría allí, a la sombra, concentrado en su libro, y se movería sólo cuando llegara el momento del regreso.

Las cosas marcharon de maravilla hasta que vio pasar un hilo dental. De inmediato le vinieron unas enormes ganas de estornudar. “La arena de playa”, pensó. Entonces se llevó las manos a la nariz, se concentró, cerró los ojos y aguantó el aire. Pero no lo pudo evitar: se incorporó, salió de debajo de la sombrilla y estornudó.

Nervioso, aún batallando con una nueva picazón, comenzó a decir:

—Querida y dilecta hermana, he llegado a la ineluctable conclusión de que lo que Umberto Eco plantea en su último libro es una absoluta falacia y un galimatías que…

Se llevó las manos a la nariz y volvió a estornudar. Algo pasó entonces: sus manos, llenas del líquido del estornudo, bajaron y se limpiaron en la camisa a rayas. Pero esto no fue todo; acto seguido, sus manos sujetaron los bordes inferiores de la tela y la alzaron dejando al descubierto la barriga.

—¡Coño, qué vaina tan sabrosa es estornudar! —escuchó que decía una voz gangosa y fuerte, y de inmediato el doctor se tapó la panza con la camisa. Pero justo en ese instante volvieron a pasar un par de nalgas con hilo dental y sus manos volvieron a levantar la camisa.

—¡Coño, mano, qué ricura! —dijo la voz de abajo.

El doctor no supo qué decir, lo cual era una vergüenza para un semiólogo gigante que sabía analizar cada una de las manifestaciones de la realidad a través del lenguaje de los signos… Pero, ¿cómo podía él interpretar, analizar, contextualizar, imbricar, deducir, inducir, exponer o argumentar… aquella diminuta tela que la gente llamaba hilo dental?

—¡Hermano, esta vaina es increíble!

El doctor por fin se atrevió a bajar la mirada hacia el lugar donde provenía la voz de verdulero.

—¡Quien inventó el hilo dental es un genio, mi pana!

Lo que estaba ocurriendo era al mismo tiempo fascinante y terrible.

—¡Y más genio fue quien convenció a las mujeres para usar esa vaina!

La voz, aquella voz de político borracho, de vendedor de frascos de “vuelve a la vida” y otros menjurjes, provenía nada más y nada menos que de su ombligo. Su ombligo que se abría y se cerraba y se movía como una boca que lanzaba al mundo frases bochornosas:

—¡Coño, mami, tú sí que estás sabrosa! ¡Ricura, se te pegó un espagueti entre las nalgas! ¡Mira, préstame ese hilo para sacarme una carne que tengo entre los dientes!...

Su hermana, su cuñado y sus dos sobrinas lo miraban entre horrorizados y divertidos. Menos mal que todas las interpeladas, acostumbradas a los soeces piropos de playa, habían seguido su camino.

El ombligo, o más bien la panza, volvió sobre su empeño arrabalero:

—¡Muchacha, rolo e’tetas! ¡Vergación, qué cucón! ¡Roloebojote, mija! ¡Esa vaina tuya debe morder duro, muchacha!...

Desesperado, nuestro estimado doctor salió corriendo. Por supuesto, a medida que encontraba nuevas visiones carnales y tentadoras, su barriga intervenía:

—¡Pero mira eso, papá! ¡Qué cosa tan rica! ¡Upa, sabrosura! ¡Uf, qué culote! ¡Hasta la celulitis se te ve sabrosa, mami!

El doctor Durán no corrió más. Confundido y rodeado por todo aquel muestrario de cuerpos magníficos, comenzó a dar vueltas, a girar sobre un mismo eje. Había comprendido que no tenía para dónde huir, que no había manera de luchar contra eso. Estaba perdido, se había contaminado.

Dejó de dar vueltas y, echando el cuerpo hacia delante, empezó a caminar por la playa, tranquilo, sin sobresalto, mientras su barriga iba diciendo cuanta barbaridad se le ocurría.

En verdad que la masa no estaba mal, mucho menos cuando se combinaba el exceso con lo mínimo, que es también una forma de exceso. Pero no quería pensar ahora. Los análisis le tenían sin cuidado. Chao Derrida, Chao Eco. Por los momentos, lo único que le importaba era dejar que su barriga siguiera exponiéndose al virus, a la bacteria, a la maravillosa enfermedad de la masa.

Una cerveza, por favor, y un poco de reguetón.


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La Calita

Linterna Roja



De los muchos veranos que paso en Cádiz, no me han dejado ir a La Calita ni una sola vez hasta cumplir los 16. Por fin los tengo y estoy ansiosa.

Aquel lugar es, a los ojos de mis padres, tíos o cualquier adulto a cargo, un antro absoluto de perdición: un chiringuito canela de bambú y paja a la orilla de la bahía que, en agosto, abre tarde y cierra temprano. Allí se dan cita lo mejor y lo peor de cada casa para saludar al sol con una cerveza en la mano. Pero como todo el mundo va y la niña llora y suplica, al final terminaron por consentirme.

Esta noche voy a la Calita…

Lucía tiene un nuevo novio. Es alto, rubio, hace surf y se llamaba Manuel. Escucha a los Smashing Pumpkins y nos lleva en su coche azul hasta el garito (10 dentro y yo -por ser la más chica- sobre las rodillas de cualquiera).

Al llegar todo es fiesta. Nos sentamos en la arena y compartimos litros a morro entre el jaleo de pijos y macarras a nuestro alrededor. Aquel sitio es tan bonito que apetece tocar, besar y celebrarlo.

—Toma un poco, que está fresquita —me dice Manuel, y me pasa la litrona.

Yo bebo en silencio, apoyando el labio superior en el agujerito y tumbando la botella con el culo hacia arriba. Él continúa.

—¿Es la primera vez que vienes, no?
—Sí, es mi primera vez.
—¿Conoces los pinares? —y señala al final de la playa un bosque de pinos donde casi no hay luz.
—No —le digo yo.

Entonces coge su sudadera, me la pone por los hombros y me tiende la mano para que le acompañe. Yo le pregunto que dónde está Lucía, que si la avisamos para que venga pero él hace un gesto de no con la cabeza y tira fuerte de mí.

Le sigo y entramo. El pinar está tan oscuro que no le veo venir y cuando quiero darme cuenta me tiene empotrada contra el tronco y me baja las bragas.

Se para.

Siento aire y lengua.

Siento que come lento.

Siento mucho placer.

—Se hace de día, niña, ¿nos vamos?

Y nos vamos. Me viste, me besa con mimo y me lleva a casa a mi sola (en su coche azul) porque cuando salimos de allí no quedan ni las ratas.

La Calita se está recogiendo para irse a la cama. La arena se ve blanca, el sol amarillo y yo, de domingo, mala y feliz.


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Lost in chiringuito

José Urriola C.


Él pensaba que la quería. Sí, se la pasaban bien, había algo especial en esa mujer. Algo en el pelo, en la temperatura de la boca, en su aliento con toque de tabaco. Tenía un no sé qué que sabía a maldad.

Él estuvo de acuerdo en lo de ir al concierto. Le gustaba Massive Attack y verlos gratis en la playa prometía. De lo que no estaba muy convencido era de lo del tema del MDMA. Para él sería la primera vez en pastillas; para ella no, de pastillas ya había perdido la cuenta. Le había insistido en que estaba bien, que era éxtasis al 100%, la droga del amor, tan confiable como un paracetamol para el dolor de cabeza, que lo importante era que no faltara el agua, que se dejara llevar por la música, por las sensaciones a flor de piel. No te preocupes que yo te cuido, eso dijo ella y él le creyó.

Se apagaron las luces y la masa rugió. Sobre el escenario cruzaron sombras, se prendieron las lucecitas rojas de los monitores, un zumbido grave arropó la playa. Un seguidor hizo foco sobre Robert Del Naja y el público rugió el doble, silbó, aplaudió, se estremeció. En ese preciso instante ella aprovechó para meterse la pastilla en la boca e inmediatamente se la pasó a él, de la única y mejor manera en que un MDMA puede ser metido en la propia boca, con un beso de mucha lengua. Sintió algo dulce que se le disolvía contra el paladar y luego un destello químico le ganó la garganta.

—Ahora vete al chiringuito y busca agua para los dos —fue lo único que le dijo al soltarle la boca. Lo despeinó un poco con diez dedos y le dio un empujón suave en la base de la espalda.

Recorrió los cincuenta metros que lo separaban del chiringuito. Pensó, una vez más y como siempre, que para él eso se llamaba kiosco de playa, que chiringuito era una palabra poco feliz que poco decía y poco servía para llamar a un kiosco de playa. Caminó con torpeza sobre la arena, pisó varios pies con los que nunca se disculpó –básicamente porque no le daba la gana- y se llevó por delante varios codos con los suyos bien afilados. Surcó nubarrones de hachís, se tuvo que tragar varios alientos infestos y varias risotadas fingidas. Sonaba Teardrop allá al fondo, como en otra constelación, echó de menos la voz de Liz Frasier que obviamente no había sido traída al concierto. Cantaba una morena que no lo hacía mal para ser humana, pero eso es lo malo de intentar cantar algo que ya se le ha escuchado antes a un ángel.

Cuando por fin llegó al kiosco lo encontró atestado de gente. Las bartenders –nenas multicolores apenas tapadas por shorts microscópicos y piercings en el ombligo- sólo atendían a los más guapos o a los que gritaban más fuerte. Él no cabía en ninguna de las dos categorías, así que se quedó con el billete de 10 en una mano y haciendo gesto de “dos” con la otra hasta convertirse en la versión muñeco de cera de sí mismo. Se le secó la boca, las luces se hicieron extrañas, un resplandor como filtrado por papel cebolla lo inundó todo. Los colores dejaron de ser los colores de siempre y se transformaron en ondas vibrantes, se reconocía un naranja de un verde porque se movían distinto, pero no era más un asunto cromático. El mundo se le hizo extraño, aún más raro. Maldita droga, pensó, me voy a morir aquí de una pálida. Cerró los ojos, un zumbido como de turbinas se le encendió entre las sienes, sintió que los pies habían dejado la arena 20 centímetros más abajo.

—Dos aguas, cariño, qué pinta fatal la que tienes. Que no falte el agua —dijo la rubia imposible con estrellas en los ojos mientras le ponía dos botellas heladas sobre el mostrador.

Le arrebató con gracia el billete y se lo guardó en la liga del short. Por lo visto, cuatro costaban las aguas y seis los servicios de prestidigitadora. Qué caro que está todo, pensó al tiempo que desenroscaba una botellita y se la bebía a dos manos. El agua le llenó la boca, le calmó la garganta, se precipitó en suave cascada sobre su estómago hecho pasa. Dio gracias a Dios por el agua. Tenía años sin acordarse de él. Pero con el agua creyó, le volvió la fe.

A medida en que sintió que cada órgano, cada músculo, cada articulación se iba hidratando, mientras se convencía de que el flujo sanguíneo se le hacía más líquido y radiante, se fue internando de nuevo en la multitud. Era como acariciar a contrapelo y con punta de uñas el lomo a un cachorrote. Se hundió unos pasos en aquel bosque de pelos oscuros y sintió algo que había perdido incluso antes que a Dios: los quería. A cada una de esas sombras, a cada fantasma, la humanidad ahora le parecía ligeramente más amable. A los pocos metros la vio allí de espaldas, con la mirada clavada en el escenario. Pensó, qué belleza de mujer, se ha acercado al kiosco para esperarme, yo creo que la quiero de verdad. La vio especialmente guapa, particularmente deseable. Flotó hasta ella y le hundió la nariz en su nuca. Ciertamente le olía ese pelo un poco distinto, más nocturno -eso creyó- y la piel también se le antojó más suave, más dulce al gusto. La abrazó desde atrás con todas las ganas del mundo, y buscó que sus palmas desnudas encajaran con las curvas de su barriga, se hundió de boca abierta entre esos rulos y estuvo convencido de poder abarcarle en un mismo beso todo el cuello y toda la oreja.

Justo en ese instante glorioso comenzó a sonar allá, en el planeta tarima, Butterfly Caught, realmente la canción por la que había venido al concierto. Cuidándose de no despegar las manos de aquella barriguita prodigiosa se puso a un lado para poder mirar bien al grupo. La música le entraba por los poros, cada sonido del bajo le golpeaba suavemente como olas de un mar apacible el pecho, las mejillas, el vientre. Los agudos eran como corrientazas discretos que atacaban directamente a los vellos de punta. Se giró para comentarle lo bien que se sentía, para agradecerle la música, la playa, la barriga, el MDMA. Y entonces se dio cuenta: Ella no era ella.

—Perdona, te confundí con otra persona —balbuceó al tiempo que a duras penas lograba despegar las palmas de aquella pancita.

Pero ella no dijo nada, se quedó con la vista clavada al frente. Con sus ojos de otro color mirando imperturbables al escenario, su nariz tan distinta asomándose entre los bucles de un pelo radicalmente diferente, con su sonrisa armada con otros labios y otros dientes. Él se quedó con los brazos colgando como ramas muertas a los lados de su cuerpo seco. Sintió un pinchazo en el alma, una bocanada brutal de abandono e infelicidad. De nuevo el mundo se le hizo extraño y hostil, sólo que ahora el doble. Se le secó la lengua y el cerebro le quedó mirando hacia atrás. Tuvo unas ganas macizas de lanzarse en clavado con la boca abierta contra la arena a ver si corría con la suerte de ahogarse.

En ese dilema se hallaba inmerso, en la profunda reflexión de cómo sería mejor morirse, si ahogado, quemado, o asfixiado, cuando unos dedos cálidos se abrieron espacio entre los suyos. Y un dedo malicioso comenzó a dibujarle círculos invisibles sobre la palma al ritmo de la música. Se dejó acariciar por ese dedo, se entregó al juego de esa perfecta extraña que lo seducía. Se acordó de Dios y tuvo sinceras ganas de pedirle que pusiera en pausa al mundo, a la existencia en suspensión y así quedarse allí de manos tomadas para siempre. Fueron cinco minutos apenas. Cinco minutos en los que Butterfly Caught sirvió de banda sonora a la historia de amor más fugaz pero también más intensa de su vida.

Cuando sonó el último acorde y el público aplaudió, silbó, gruñó de satisfacción, sus manos se soltaron.

—Perdona, mi novia me debe estar buscando, me tengo que ir —dijo él.
—Sí, igual el mío, debe estar preocupado.

Se separaron sin que ninguno de los dos se atreviera a girar la cabeza. No fuera cosa que se borrara el mundo allá atrás o, peor aún, nunca hubiera existido.

—Pero cómo has tardado ¿Dónde coño estabas tú? —riñó ella cuando por fin la encontró en el mismo lugar donde diez minutos antes la había dejado.
—Pues perdido. Me perdí en el chiringuito.

Bebieron el agua en silencio unos segundos, hasta que ella con la boca todavía húmeda le buscó la lengua con la suya y las trenzó en un beso que supo a reconciliación. Y también, sobre todo –cómo negarlo-, a despedida. A que quedaba decretado así, cariñosamente, el principio del fin. Por más que el MDMA todavía les tendiera una trampa química, ya no se dejaban engañar.

Comprendió entonces que sí, la quería. Tal como pensaba, él quería a esa mujer. Pero jamás como a la chica del chiringuito. Ah, claro, y que chiringuito de ahora en más no le resultaría tan poco feliz ni le sonaría tan mal. Qué va, nada mal.


El Gran Moisés en Playa el Agua

Carlos Zerpa


Llegan los recuerdos de donde Moisés a mediados de los años 80s.

En este kiosko margariteño se comía maravillosamente bien, casi a la par de los mejores restaurantes de Caracas… Pero con un toque lugareño… Los manteles hechos con hojas de plátano (esas mismas que se usan para envolver las hallacas) y los platos con grandes hojas de uvas de playa. Directamente sobre dichas hojas era servido el pargo frito con tostones o los langostinos jumbo al thermidor, tentáculos de pulpo en rebanadas como seviche, langostas enormes y ostras por docenas hasta que te cansabas de comerlas y, aunque crean que exagero, de vez en vez te conseguías con una perla… ¡¡¡Hummm!!! Aunque ahora, al pensarlo bien, creo que era el mismo Moisés que las ponía para hacernos felices.

Aquella vez, llegamos y comenzamos a tomar etiqueta negra con agua de coco sacada directamente de los cocos del lugar, ya que estábamos a orillas de la playa y que nos servían unos jóvenes mesoneros con sombreros hechos de palma.

La hija de un comentarista de base ball de la TV se quitaba el agua de mar utilizando botellitas de agua mineral con gas.

Un hombre estaba acostado dormido bajo una mata de “uvas de playa” con todo el pelo cubierto cual turbante por algas sacadas hacia pocos minutos del mar.

Comenzaban a verse los tangas y los hilos dentales y no nos dejaban de causar asombro las bellas mujeres con las nalgas afuera.

Nos bañamos en ese mar tropical, el sol inclemente tostaba nuestra piel, nos reímos, comimos rico, hicimos planes para mejorar los museos, cantamos a coro el “himno al árbol” y sin darnos cuenta llegó la tarde y con ella comenzó la noche.

Ya hacia el final, nos tomábamos una sopita de mariscos con un toque de jerez, cuando escuché que a Moisés lo llamaba su esposa como “Juan” en perfecto margariteño… “Juan hijo er diablo prende la planta que se está haciendo de noche y necesitamos luz”. ¿Juan o Moisés? El motor de la planta rugió, los bombillos iluminaron todo el lugar y yo, picado por la curiosidad y con varios palos en la cabeza, le dije a nuestro anfitrión: “¿Si te llamas Juan porque todos aquí te llaman Moisés?” A lo que él me llamo aparte y me mostró como podía dividir la sopa en dos, como el gran Moisés de Egipto según el relato Bíblico.

El Moisés margariteño con un gesto creaba un camino en el plato de sopa, poniendo de lado y lado en completa simetría las aguas, separando las aguas… perdón… El caldo, el hervido de pescado.



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El teorema del punto perfecto en la botella que cae

Jorge Gómez Jiménez


Nunca dejó de hacerme gracia cómo construyo teoremas cuando estoy ebrio. Ni siquiera los necesito, en principio porque suele ser una tarea difícil comprobarlos. El teorema del punto perfecto en la botella que cae: alquilamos una casa en la playa para los cuatro días libres de la Semana Santa de 1996. No estaba exactamente a la orilla del mar, pero en el Monza de Daza se llegaba en un cuarto de hora y nos resultó mucho más barato. Mik intentó embriagarnos en la carretera; impedí como pude que Daza bebiera y yo mismo apenas probé el whisky para darle el ejemplo. Así que cuando llegamos a la casita ya Mik nos llevaba bastante ventaja.

Dejamos el equipaje y nos fuimos a la playa. Ya era tarde y no habíamos comido, pero sabíamos de un puesto del balneario en el que preparaban la mejor sopa de pescado y llegamos pidiendo tres platos y picante. Daza y yo pedimos también unas cervezas, pero Mik alegó que la mezcla lo pondría mal y sacó de su bolso otra botella de whisky para reponer la primera, que ya se había bebido casi sin nuestra ayuda.

Mientras comíamos se nos acercó un helicóptero, que era como Daza llamaba a las mujeres feas pero de buen cuerpo, pues decía que la parte de abajo brillaba y tenía buenas curvas pero la parte de arriba espantaba. Sostenía un vaso con hielo y le pidió a Mik un trago de whisky, como una mosca atraída por la luz dorada de la botella. Llegó sonriendo con su boca de labios excesivos cobijados por una nariz nada honrosa y explicó que no andaba sola, pero que los de su grupo estaban tomando cervezas y a ella no le venía bien. Mik nos miró a Daza y a mí; sé que esperaba aprobación para darle whisky al helicóptero pero, ante nuestro silencio divertido, se limitó a olfatearla mientras le servía. “Qué maravilloso olor tienen las mujeres en la playa”, le dijo, y ella dio las gracias sin aclarar si se refería al whisky o al piropo y se alejó dando saltitos sobre la arena caliente.

—Buen comienzo —dijo Daza mirándole las nalgas al helicóptero.

La escena se repitió un par de veces y Mik decidió que había que cobrar el favor. Le preguntó su nombre al helicóptero (que he olvidado) y en dos minutos de atropellada conversación supimos que una de las mujeres del grupo era su hermana mayor —divorciada y con una hija de trece años que convenientemente se había ido de paseo con su padre esa Semana Santa—, y que los demás eran compañeros de estudio de ella o de trabajo de la otra. Supongo que el dato de que sólo había dos parejas y que el resto estaba solo en el mundo fue arrojado certeramente para atraernos y beberse nuestro whisky.

Y así lo hicieron. Eran seis mujeres y cinco hombres, así que a tres de éstos no les hizo gracia tener que compartir las cuatro disponibles con nosotros. En un principio los juzgué demasiado tímidos o quizás elegantes para demostrarnos abiertamente su incomodidad, pero cuando se acabó la botella comprendí que sólo eran tres infames sin un céntimo, pese a lo cual no tenían intenciones de volver sobrios a casa. Mik propuso comprar más whisky, pero ante la insistencia de las mujeres tuvimos además que proveer dinero para cervezas. El helicóptero no dejaba de pedirle disculpas y él no tardó en sacarle partido a la situación contándole su desgracia de recién divorciado, y hablándole de su imperativa necesidad de aligerar la carga de su trance con gente fresca, justamente como ella.

Hubo un momento de tensión cuando estuvo disponible todo el dinero. “Nosotros ponemos la lana pero ustedes van a buscar el aguardiente”, ordenó Daza con su muy pesada media sonrisa a los tres solteros del grupo. “Ala, no me ponga esa cara que así es el capitalismo”, remató a uno que hizo un mohín. Contrariando los consejos que horas antes, cuando aún estaba sobrio, me había dado Mik —siempre obsesionado con la idea de que podían robarnos nuestras cosas—, saqué mi cámara y le dije a Daza que se sentara junto a la hermana mayor para tomarles una foto. La mujer no sonreía mucho, pero se dejaba hacer y a veces me daba la impresión de que le hacía gracia el acento de Daza. Ya para entonces me había asegurado de acercarme lo suficiente a Lourdes, una de las compañeras de trabajo de la hermana mayor, una morena bajita que enfatizaba la o de su nombre y a la que abracé para que Daza nos retratara.

De tal manera, cuando llegaron los tres infames solteros con el whisky y las cervezas ya les habíamos birlado un buen trecho. El helicóptero convenció a Mik de meterse al mar unos minutos, quizás para intentar rescatar un poco de su sobriedad, que sabíamos ya irrecuperable. Con sus cervezas gratuitas en la mano vi a dos de los infames hablando con uno de los novios, que seguramente estaba poniéndolos al corriente. Empecé a molestar a Lourdes diciéndole que su nombre debía pronunciarse Lurdes, y así la conduje mansamente hasta una conversación a pulso en la que averigüé que era contadora, vivía con un colega y sufría de miopía, aunque no le gustaba usar anteojos porque me veo horrenda.

Cuando las cervezas comenzaron a escasear los infames se rebelaron. Supongo que esperaban que fuéramos a comprarlas para quedarse un rato con las mujeres, pero Daza invitó a la hermana mayor, Lourdes asintió de buena gana a venir conmigo y Mik simplemente se hizo el desentendido y se llevó al helicóptero de nuevo al mar, aunque más tarde los vimos caminando por la orilla. No fueron necesarios mayores esfuerzos para que los infames admitieran, en silencio y con rostros alargados, la derrota.

La noche cayó y trajo consigo un viento frío. Las mujeres aceptaron irse con nosotros a la casita. Como Daza manejaría el carro de la hermana mayor y Mik estaba demasiado ebrio, manejé el Monza acompañado por Lourdes y una de las parejas del grupo, para que el resto cupiera en el carro que les quedaba. Nos detuvimos en la carretera para comer y despachamos a los solteros aduciendo que no había dinero para darle comida a todos. Una escena lamentable.

Al llegar a la casita el helicóptero se bajó del carro apurada y arrastrando consigo a Mik, urgida del baño. Daza corrió tras ellos con las llaves y la pareja que venía con nosotros se bajó para hablar con la hermana mayor, aunque creo que en realidad fue un gesto de tacto pues debieron darse cuenta de que Lourdes y yo nos veníamos tocando alegremente por el camino. Cuando nos quedamos solos en el carro de Daza me interrogó sobre la casita, y mientras estrujaba sus pechos le dije que tendríamos una habitación para nosotros.

Daza me despertó cerca de las nueve de la mañana. Tenía los ojos rojos y hablaba con una voz ronca de resaca que remarcaba notoriamente su acento. “Vico, las mujeres se cobraron la culiada”, ladró con el ceño fruncido. Primero pensé que se habían llevado el carro; Daza me dijo que sólo nos habían robado las carteras con lo que nos quedaba de dinero, los documentos y las tarjetas. Me puse en pie como pude y, después de comprobar que mi cartera también faltaba, fuimos a despertar a Mik para salir de allí; no es bueno estar lejos de casa sin documentos ni dinero.

Mik escuchó todo con la mirada ida, sin que pudiera notarse si era por el alcohol o por el tamaño de la noticia. Las palabras se le resbalaban cuando dijo su frase habitual: “Mi abuela siempre me decía: hijo, cuídese de las mujeres”. Se sentó en la cama y levantó el flaco colchón por uno de sus extremos. En algún momento de la madrugada, había escondido allí una ignota botella de whisky. “Nos salvamos”, dijo Daza intentando sonreír. Mik la destapó y se lanzó un trago largo. Nos la pasó y bebimos. Fui a recoger lo que nos hubiera quedado, a reconocer los alcances del crimen, y Daza salió a encender el Monza para calentarlo. Mik salió a la puerta de la casa y allí repitió: “Cuídese de las mujeres”, y lanzó hacia arriba la botella. Desde mi ángulo no podía verla, pero la imaginé dando vueltas en el aire y formulé mi teorema: si se lanza una botella llena hacia arriba, de tal manera que ascienda tanto como para que la caída produzca su definitiva fractura, y dependiendo de la trayectoria y de la solidez de la superficie en la que caerá, así como de la disposición del líquido contenido en ella, existe una posibilidad entre miles, o quizás millones, de que al caer lo haga sobre un punto perfecto en el cual, a través de alguna rendija de las leyes físicas, la botella esté en capacidad de mantenerse intacta. Igual la botella se rompió, como es natural.


(Fragmento de una novela en progreso).

http://jorgeletralia.blogsome.com/

La posibilidad física de la vida en la mente de alguien muerto (o dos esqueletos peleándose un tiburón de goma)

Enrique Enríquez



Dedicado a Corín Tellado (Dios la acoja en su pecho hirsuto)


Me fascinan los kioskos de playa,
llenos de peroles
absurdos que me recuerdan
a la tienda esa
donde James Ensor
pasó su vida,
y cuyos retazos
podemos ver en sus pinturas.

Claro que en nuestros kioskos
playeros no sonrien
las calaveras como en la tienda
de Ensor,
sino unos tiburones
inflados,
con sus bocas de perro
hinchado
plastificadas en una sonrisa
espichable.

Me gustaría tener un tiburón inflable cuidadosamente doblado y guardado
en el bolsillo de atrás del pantalón.

Me gustaría tener un tiburón inflable cuidadosamente doblado y guardado
entre dos rebanadas de pan blanco.

Me gustaría tener un tiburón inflable cuidadosamente doblado y guardado
en un sobre dirigido a mi mismo veinte años más joven.

Me gustaría tener un tiburón inflable cuidadosamente doblado y guardado
en mi mesa de noche, esperando.

Me gustaría tener un tiburón inflable, inefable, infalible

para inflarlo
y sacarlo cada vez que una conversación se torne espinosa o insufrible
y ahuyentar a las curiosas que se avecinen a averiguarme la vida
y esperar que alguien al besarlo le llame “John Thomas”
y escabullirlo en un confesionario
y dejarlo sobre la mesa en lugar de la cuenta
y desinflarlo luego poco a poco, liberando el aire en un silbidito pedante.

Por eso odio la playa,
porque los trajes de baño
no permiten
que uno lleve un tiburón
inflable cuidadosamente
doblado y guardado
en el bolsillo.


Si tuviese un kiosco playero vendería asfalto.



http://enriqueenriquez.net/

La Torre

Joaquín Ortega



When you believe in things
that you don't understand
Then you suffer
Superstition ain't the way

Stevie Wonder



1
En el principio fue el peo.

Habían pasado demasiadas cosas que trastocaran la sensibilidad de Adolfito. No sólo por las amenazas telefónicas gratuitas del último año, o los cambios para mal dentro de su mundo sentimental, sino también por esa mala pata de escurrírsele frases incorrectas en lugares inadecuados. Primero, estaba la situación laboral. Cambiar de trabajo 4 veces en dos años no era justificable ni siquiera para un gandul como él. Segundo, su anterior mujer lo había corrido del apartamento de una manera bastante amable, a pesar de haberse comportado como un psicópata cuando le descubrió aquel hechizo, esa especie de altar oculto construido para el amor.

El piso donde vivieron su romance Adolfo y Mary era fresco y sobrecogedor. La ausencia de muebles le daba un eco perfecto para que circularan de por sí, habitantes anónimos y sin vida. Miedo e imaginación en un solo sitio juntos —creía ingenuamente Adolfo— sólo podía abrir más espacio para la pasión. La perspectiva que brindaba el balcón lo convertía en una atalaya de la ciudad, lo equiparaba a un faro diurno… a una especie de vela hecha de ladrillos y abatida por gotas de granizo de cristal rojo. Era, a fin de cuentas su cometa privada, inamovible y frágil a la vez.

Estaban juntos desde hacía cinco meses. Él, rara vez pasaba de la cocina, el cuarto principal, la sala o el estudio. Quedaban dos cuartos más con las cosas de la tía –la de ella, no la de él- y ni siquiera le interesaba registrar en las gavetas o en los armarios, no fuera a ser que terminara con una alergia digna de hospitalización.

Pero un martes, uno ardiente y torpe, después de una larga caminata desde el supermercado, el olfato lo llevo hasta uno de los cuartos en “desuso”. Puso las bolsas de comida —repletas de carne roja en múltiples cortes: para guisar, molida, en filetes—, atacando algunas lonjas de jamón serrano y queso manchego, que le sirvieran como resistencia al vegetarianismo militante de Mary. Caminó con desgano, casi con vergüenza. “¿Para qué recorrer los cuartos que ya le habían mostrado y presentado con dignidad y diplomacia?”. “¿Qué se lograba hurgando en lo que no era de uno?”. Además, ella ya estaba por llegar. No más de media hora y entraría por esa puerta. Luminosa y llena de vida. Ágil y dulce. Bella, desgarbada, perfumada y… buscando cariño.

Pero la curiosidad mata a gatos y perros por igual. Unos pasos por aquí y otros por allá y se abría la puerta del cuarto más grande y lejano. Todo adentro idéntico al primer recorrido.

—“Sin novedad mi Alférez” —se dijo en voz alta en sonsonete de misión cumplida.

Pero, un tufo recóndito insistía y desde el fondo de aquellas paredes se colaba una chispeante cadencia ahumada. Se sentía venir un aroma cercano a la brasa en descenso, un gusto que no mal hedía del todo, pero que veteaba el aire con toques parafinados, como el de… como el de… los cirios.

—¡El coñísimo de la puta madre!

¡Ah, buen susto! Dentro del baño del cuarto del medio brincaba una juguetona luz contra las losas. Adentro de la regadera seca, y pálida por el desuso, una bandeja desconchada sostenía su foto —la de Adolfo—, envuelto en el flux de tres piezas de su graduación. Con los ojos brillantes y la sonrisa del cándido, parecía bailar un vals cojo, arriba de un plato hondo lleno de sustancias oleaginosas y dulzonas. Alrededor de la imagen, varias cintas de colores. Frente a ella tres velones: dos rojos y uno negro —el peor— a medio consumir, en forma de pareja de ébano. Daba mareos ver éste último: un perturbador homenaje a unos amantes consumidos por la lava negra de un volcán abominable. “¡Abominable sí, pero un carajo fortuito!”, pensó.

—¡Coño e´la madre vale… que arrechera! ¡La muy zorra! ¡Y a tanta misa que va los domingos! -arrojó con un temblar de mandíbula.

Lo siguiente fue obra de la rabia más que del juicio. La bandeja terminó en la batea, detrás de la cocina. Rociada con el kerosén sobrante de la parrilla de la semana anterior. Esa parrilla inmamable, en donde tuvo que calarse la conversación de una recién estrenada profesora -quien no tenía idea sobre quien mandaba en su salón: si ella o el “entorno sociológico”. Aburrida profesional de medio pelo, perdida cada vez que daba un nuevo sorbo de vino, en medio de unos imprácticos y seudo-académicos ejercicios de Democracia dentro del aula. El otro invitado al que tuvo que hacerle la corte Adolfo, era un cura treintón, bastante amanerado que no dejaba de verle el paquete de reojo al ex novio drogadicto de Mary: un buen músico, estudiante eterno, aspirante a escalador político y connotado hablador de pendejadas. ¡Toda una fauna para la amistad!

De todas, todas, un contexto nada fácil para una revelación como ésta, una que iba a resolverse combustible mediante. Ya una vez irrigada pródigamente la instalación mágico-religiosa, Adolfito lanzó un fósforo encendido. Se sintió renacer por un instante, al ver arder el maleficio, junto a los recuerdos de aquella vieja reunión desechable y desbordante de diálogos inútiles.

Cuando llegó Mary lo encontró bañándose en el cuarto principal. Desde lejos ella preguntaba, emocionada como una niña:

—¿Qué compraste?
—Glurp… glurp… burbrbrbrb…
—¿Tenemos cena romántica?
—Glurp… burbrbrbrb… glurp
—¿Huele a quemado…? Huele a quemado… ¡Huele a quemado…!
—Burrrrb… glurp… burrrbbb…
—¿Qué huele así? Adolfo, mi amor…
—…

Fuera de la ducha, Adolfito se topó con Mary, intermitente y con lágrimas en los ojos.

—¡Tú, no entiendes… es que yo! Yo lo hago porque te quiero. No quiero perderte y quiero que te vaya bien. Que te vaya bien… conmigo…
—La próxima vez, que consiga una vaina de estas… una maldita brujería… la que va a terminar bañada en kerosén eres tú.

Punto final para el tema. Los meses siguieron y después de contentarse, no le fue nada mal al sexo, al amor y a los viajes. 4 meses después, distancia mediante, dejaban de hablarse para siempre.


2
Adolfito volvió al viejo apartamento alquilado, al pequeño y caluroso agujero con el bajante en el pasillo y sus faltas de agua constantes. A él religiosamente volvía cada vez que se quedaba soltero, una y otra vez. La libertad, numerológicamente lo encontraba siempre después del año. A veces completaba algunos meses más, pero casi siempre, al final del mes número 12 -o 13- en la cuenta, las mujeres que Adolfito amaba se volvían locas… sacaban las uñas… lo empujaban torpemente hacia un destino no negociado. Querían amor, y compromiso, pero a juro.

Adolfito, de vuelta al patio de sus discos y sus libros, cayó en la rutina: dormir de día, jugar de noche y en las tardes no hacer nada. Contraviniendo el consejo de su gurú Kris Kristofferson, volvió a salir con tipas más tocadas que él, o al menos eso creían ellas. En una ocasión, en medio de una borrachera dura, pero no por eso inconsciente, unos amigos le endosaron una D.J. bien buena. Se hacía llamar La Cute, y organizaba todo los meses toques temáticos. Le encantaba mezclar con un vestidito ligero de flores moradas, sin nada abajo contra sus carnes. Sudaba toda la noche y al final del trabajo se ponía una franela blanca y unos shorts que mal ocultaban el cuerpazo que se gastaba. Como truco infalible, brindarle el trago de las 6 AM o darle la cola para su casa, eran lo mismo que llevártela para la tuya. La Cute no paraba de hablar. Su tema favorito: ella, sus discos, sus fiestas, sus mezclas, su estilo, sus proyectos. Un día Adolfo acordó buscarla antes de entrar a trabajar. Eran las 11 de la noche. Ella lo convenció de entrar un rato. Él accedió. La Cute sólo mezcló un set y se fueron en plan erótico.

Adolfo la llevó a su casa, la desvestía, mientras él hacía otro tanto consigo mismo. La empujó hasta el cuarto, pero ella quería bañarse. Así que ambos fueron a dar a la ducha. La tipa era magnífica. No se aguantó. Hasta las bolas. Lo hicieron una vez allí bajo el agua y otra frente al espejito, ella sostenida entre el lavamanos y el bidé. Que durita estaba. Que bien besaba la coña. Que bien se estaba con una señorita rufiada pero de anillaje a punto. Sin secarse se fueron a la cama. Otra rondalla de amor. Esta vez sí hubo preservativos. Lo del baño fue una locura, afuera no había que cometer más.

Se revolcaban, tanteaban perfiles. Cuando se agotaba, ella lo olfateaba, traía agua y lo tecleaba como un teletipo en sus últimas, uno que no podía darse el lujo de quedarse sin operar. Ella sabía encenderlo. ¡Coño que talento la de ésta niña! Sólo una cosa no estaba bien: hablaba, hablaba y hablaba... y hablaba y hablaba y hablaba. Eran mil millones de historias en la que siempre era la protagonista de “un montaje inorgánico”, “un experimento visual” o una “intervención lúdica”. Entre fábulas aflojaba las mismas oraciones:

—Tú siempre me has gustado. Desde siempre. Pero antes no me parabas…
—Sí, levanta las piernas así -respondía Adolfo depravado.
—¡Adolfoooo… tú me gustas, me lo haces rico! ¡Vamos a vivir juntos! Yo me quedó hoy aquí y cocino el almuerzo. Yo tengo ropa en mi morral…

Adolfito sabía que La Cute hablaba en serio. Sus amigos lo habían alertado: “sí te coge, se quiere quedar a vivir contigo de una”. La trató de marear lo mejor que pudo:

—Amor, este apartamento no es mío. Me lo prestó mi tío y él viene hoy en la tarde, tengo que limpiar y arreglar un bote de agua del fregadero.

Pero ella no entraba en razón. Seguía con la seducción y Adolfito le sobrellevaba el jueguito. Después de hacer dos veces más el amor y de darse cuenta de la grave insistencia de La Cute, tomó medidas desesperadas.

—Cállate… Oye… Espera —dijo Adolfito como un poseso. Hurgando en la gaveta, sacó la pistola de la gaveta. Una Beretta 92F, su consentida y salvadora.
—¿Qué pasa? -preguntaba sin entender La Cute.
—¿No oyes?
—No…
—Son las ánimas… Son las ánimas. Los perros aúllan porque ven a las ánimas. Pero no te asustes.
—¡Ay Adolfo chamo, no me asustes, tengo que ir al baño!
—¡No, no puedes ir todavía aguántate! ¡Déjame poner la pistola debajo de la almohada para que podamos dormir bien!
—¡No, Adolfo… coño mi amor… ¿y sí se dispara? A mi me dan miedo todas las armas… y… ¡tengo que ir al baño!
—A mi no me dan miedo. Además, ella sabe cuando debe disparar y cuando no. Aguanta un pelo, porque si entras ahorita al baño… vas a ver a la señora muerta sudando el espejo.
—¡Ay Adolfo de verdad, yo tengo que hacer una diligencia temprano en el médico…! Y ahora que me acuerdo tengo que ir al seguro y los papeles están en mi casa y tengo que ir…
—Tranquila vas otro día. Abrázame duro, para que no te molesten las ánimas.

Con delicadeza extrajo algo de abajo de su cama. Formó con sus viejas sandalias una cruz, y plantó la pistola sobre ellas. La Cute se entregó, fría y dócil al abrazo, mientras maquinaba cómo escaparse. Él sabía que tenía que botarla. Ella sabía que no le quedaba otra que irse. Él sabía que ella no dormiría. Ella esperaba el primer ronquido.

Cuando comenzaba a amanecer Adolfito cerró los ojos y soltó aire por la boca como Larry, el de los tres chiflados. Nunca dejó de abrazarla, simplemente soltó el empechugue. La Cute se escabulló, se vistió en el pasillo, y se fue del apartamento para nunca buscarlo de nuevo. Trancó suavecito la puerta, dejando la reja abierta y olvidados un perfume, un sweater y una pipita de mariguana. La actuación de Adolfito había sido más que una maldad, una travesura, ¿cierto?



3
Los días pasaban y luego de un año de no pagar ni una sola vez el condominio, su tío —su padrino… ¡su papá en el fondo!—, aquel que prefería prestarle el apartamento a que algún mal viviente se lo invadiera, lo fue a buscar cerca del mediodía para invitarlo a almorzar. Adolfito estaba sin bañarse, pero el tío Víctor esperó a que se arreglara. Adolfito no se afeitó, pero sí se puso algo de perfume. Ambos bajaron la calle con “urgencia” hasta el restaurante chino en donde servían las sopas wanton light y las lumpias escurridas. El “asunto urgente” fue resuelto en paralelo en el baño de tres pocetas del sitio. Todo un nuevo mundo tapizado con calendarios de monos, cerdos y tigres del restaurante, sirviendo de cagadero familiar. Al borde de unas frías y menú en mano fluiría la tarde. Adolfito, a pesar de todo, nunca podría negarse a charlar con su tío, y aunque en el fondo le importunara sus horas vespertinas interrumpidas frente al tele, reunirse con él era una actividad que lo conectaba con la vida, así como un choque entre dos carneros en Discovery Channel le abría los párpados y le disparaba una sonrisa. Tío Víctor, decía todo y no decía nada, eso sí nunca se embotellaba con los ejemplos:

—Tu primo Enzo, está cada vez peor… ese es igualito a las mapanares… que cuando comen se enrollan de un árbol y duran como seis meses digiriendo el venadito… El carajo se compra un pollito en brasas para él… y de vaina que no se traga hasta la hoja de las hallaquitas…

El tío Víctor nunca fue parco. Era fanático de los Tigres de Detroit y de la exploración del inconsciente.

—Fíjate, yo le explicaba a tu tía Cecilia el otro día, que el significado de los sueños es distinto para cada persona, porque si para mí, un gallo es un animal macho y que pone orden en su corral… para ella, muy por el contrario, va a decirle a su psique que es una figura de un mujeriego… o de un tipo polvo e´gallo… ¡Jajajajaja!

El tío estiraba por siempre las comidas con sus ocurrencias y con cafés, postres, pousee cafés y más postres y más café y más postres… Para su sorpresa concretó en el segundo negrito:

—Adolfo, tu papá no hubiese querido que se te fuera la vida así. Yo sé que los bingos te resuelven lo suficiente como para hacer mercado y estar parapetado, pero créeme hijo no puedes estar jugándote la vida por siempre. Es preferible contar con una mujer ladilla que te cocine y te esté pidiendo siempre más, para algo —¡algo, que ni siquiera ella sabe qué coño es!— a que te quedes ahí en ese hueco… viviendo como un vampiro. Hasta más blanco que un casabe te me estás poniendo...

Adolfito con una mueca espontánea y el estómago descompuesto, asintió dándole un abrazo al tío Víctor. Los chinos cobraron, el tío invitó. Se despidieron frente a un carrito de helados. Bajaba el sol. Era lunes. Un pésimo día para ir al bingo cerca de casa. Hoy visitaría uno de otro municipio. Por cierto, extrañamente, hablar con el tío, no lo había dejado encunetado en sus planes. Hoy le había abierto un horizonte más allá de sus esperanzas de jugar y ganar. La conversación lo animó, le provocaba hacer plata para unos días, para poder emborracharse y despertarse el miércoles… y depositarle el condominio atrasado. Se imaginó cosas para el próximo jueves: bajar a Maiquetía a casa de su compadre El Mono. Beber con él y su mujer Amanda hasta el domingo. Jugar ente las olas con Zuleimita, su ahijada. Subir de nuevo a la ciudad el lunes, iniciando otra ronda de éxitos en los bingos, bronceado y con el hígado repuesto por el célebre hervido de pescado de su compadre. Esa ida al chino con el tío le dejó un panorama distinto: ¿y si se animaba a montar otro local, volver al negocio de las antigüedades o buscarse un socio para un gimnasio? ¡Así podría tener docenas de culos a puerta de corral!


4
Esa noche salió temprano, el bingo quedaba lejos y era mejor llegar con tiempo.

Observar las mesas con mayor número de jugadores de la tercera edad, pasar despacio frente a las tragaperras más solitarias, ubicar a alguna crupier que pudiera invitar después del trabajo a su casa. Detallar los movimientos de los ladronzuelos de oficio o de los que echan burundanga en la bebida, y que de cuando en vez, actúan bajo la protección de la seguridad del local. Adolfito estuvo en todo. Ganó la noche entera. Después de recolectar lo suficiente como para pagar año y medio de condominio bebió un último whisky. Para su mala suerte, no vio cuando lo servían. De coñazo se prendió. En segundos se encontró hiper excitado… se puso lúbrico y gozón. Se le fue encima a una de las bartenders sin tino ni mesura y lo rebotaron. A una asistente que le sonreía por cortesía, pretendió llevarla a un rincón para sobarle las piernas. Una vez que la muchacha le hiciera señas a otra compañera, ambas lo llevaron hasta una puerta que cerraba por fuera y a donde lo dejarían confinado. Al cabo de un tiempo, que parecía nunca terminar, entraron un par de hombres fuertes y armados. Le preguntaron cuánto había tomado, con quién había venido, cuánto había ganado, cuánto había perdido, adónde vivía... Lo registraron, le guardaron en un sobre sus ganancias íntegras. Lo bajaron por unas escaleras exteriores, lo subieron a un taxi -que ellos mismos pagaron-, diciendo amablemente uno de ellos al despedirse:

—“Gracias por jugar en nuestro bingo y por favor vuelva de nuevo”.

Con el corazón acelerado Adolfito escuchaba todo y nada a la vez.

—López, un 41 a la dirección que dice en la ficha… y píntese la boca si quiere, que no está contra las normas.
—A este carajo, lo roban y se lo pegan hoy… y ya mañana ni se acuerda… de vaina que lo pillaron las jevas -reían todos sin compasión.

El taxi estaba helado, el conductor —sin rostro para Adolfito— tenía órdenes de conducirlo hasta la dirección que la pareja de seguridad le había dado, pero nuestro mala pea, en una luz roja, se bajó del auto y corrió como un elefante rijoso hasta más allá de la avenida. Atrás abandonaba un auto pago, un conductor confiable y un destino seguro. Sólo una figura redonda y blanquinegra quedaba gesticulando en la avenida.

Comenzaba a amanecer, aún así buscaba pachanga. Caminó más que un mormón. Tocó la puerta en bares, tascas, botiquines y prostíbulos habituales. Ya a esa hora no había nadie. Llamó por teléfono móvil a prostitutas cuyos nombres había grabado bajo los inconfundibles nombres de “puta 1”, “puta 2”, “puta 3”, “puta Valencia”, “puta cachapa”. Su estado anímico no estaba mal, pero su respiración se aceleraba. Quería tomarse un trago, agarrar a una hembra o a dos o a todas y empiernarse. Se sentía seco hasta las orejas. Por un momento pensó que se le detendría el corazón y de pasó moriría la noche, pero al ir caminando se acordó que en la Solano estaba abierto el after hours, aquel local donde los D.J´s van a cerrar la noche, los gays van a reírse de las dragas, los tránsfor sin suerte se cambian la ropa para irse en Metro a su casa, y las putas se van a bajar el perico de la noche. Incluso, muchas de ésta especies hacían tiempo dentro del local, para llegar a las doce del mediodía a sus pensiones y así ahorrarse medio día del pago de la pieza.

Era un cuarto para las 5 de la mañana y para Adolfito no fue difícil entrar al local, rodeado por todo tipo de alimañas nocturnas. Un portero lo reconoció y lo haló por un brazo. Después de un abrazo y una propina de 50 mil, Adolfito ya estaba adentro con un trago de whisky en la mano, y un poco más centrado a un lado de la barra. Uno, dos, tres barmen lo saludan desde atrás de la barra con abrazos y apretones de manos. El local, adornado por imágenes de santos afrocaribes lo escudriñan sin sonreírle. A pesar de las malas asociaciones que generan las figuras en su memoria, no se inquieta. Adolfito seguía hambriento de mujeres y de hacer vainas, no sabía qué eran esas vainas exactamente, pero por lo pronto, caminaría, bailaría, reiría, jodería… eran tantas sensaciones a la vez, y el whisky no lo calmaba. Estaba desatado y deslenguado, más que de costumbre. Abordó, de palabra, a una rubia en mono deportivo trajinada y embutida alrededor de un perfume barato.

—Mira mi amor, me gustas tú y tú amiga… Vámonos los tres para mi casa —soltó Adolfito
—No papi, yo trabajo sola… y mi hermana y yo vinimos pa´ cá pa´desestresarnos del trabajo… pero si quieres, pasa esta noche por el Sava y te presento a Lesling y Rocío que ellas sí son pareja. Devolvió con simpatía una despampanante “cacune” made in La Guaira
—Gracias mi amor… y pendiente de una noche de acción tú y yo otro día, que estás durita -continuó entrador Adolfito.
—Sí va papi… cuando quieras —respondió la catira cuca negra.

En medio de la barra, a veces se desocupaba un espacio y la gente se arrimaba. La rubia, con cierto cariño que no dejaba de sorprender, se movió hacia la izquierda y le acercó los labios al recién conocido.

—Chao, papi, que te diviertas
—Gracias a ti, bebé… ¿Y besito de tu hermana no hay?
—Sí va flaco, beso y… salud, porque ayer cumplí años.

Y la compañera de la “cacune” le dio un pico que sonó en medio del house que rayaba la noche.

—Feliz cumpleaños mi reina —devolvió el beso Adolfito. Voy al baño y vengo… y si quieres te regalo unos pases.
—Coño bello, si así llueve que no escampe. Pero, papi en vez de comprar tú, dame la plata y yo controlo una bolsa bien resuelta.
—Sí, va… voy y vuelvo

Las dos mujeres más buenas del local para ese momento brindaron con Adolfito. Los barmen reían al ver a su amigo mucho más relajado que cuando estaba en bingos o casinos ilegales. Lo veían eufórico y con ganas de masticarse a ese par.

Besos y abrazos de la dupla de saca leches -y ese don de mundos en un local en medio del “corazón de las tinieblas”- hicieron que, poco a poco, los ojos empezaran a colocarse sobre la vida del sudado Adolfito. En la pista se encontró a dos amigos del edificio —más bien panas de toda la vida—, de esos que te conocen de lejos, de los que saben —desde que metes la llave en la puerta— sí estas rascado, comido, culiado o no.

Y los ojos del local —esa galaxia entera de estrellas cutres— escanean bien bandera a Adolfito.

—¿Quién será ese carajo enfluxado a esta hora y en éste tugurio que pasa por la barra y por el medio de la pista como Pedro por su casa? -comenta para sí una habitué que la mueve.
—¿Por qué cuando vuelve del baño, las dos jevas esas le dan un pico y se van de la mano para el baño de mujeres? -se preguntan dos gallas en clave de corto universitario.
—¿En qué anda ese carajo que todos saludan con verdadero cariño? —desconocen dos maricones rumberos.

Adolfito, vuelve a la barra y, estacionado frente a la tarima del D.J. —entre la caja y la pista—, ve a un grupo de mujeres bailando solas. Una lo mira de soslayo, otra lo hace directamente, una tercera lo ignora, una cuarta lo saca a bailar. Mucho dance, mucho trance en la pista, entre mímicas y presentaciones —bajo el ruido y la luz— todos se conocen y Adolfito insiste con las mismas proposiciones:

—¿Son novias?…
—Me gustan las dos…
—Vamonos pa´ mi apartamento…
—¿Llevamos monte…? Si quieren “güeler” compramos…

08:35 de la mañana. Hora y media bebiendo con dos compañeras que trabajan en equipo. Les brindó suficientes shots de tequilas como para llevar a la fosa a una tropa de mariachis. Entre las brindadas para las chicas, sus whiskies y dos bolsas de perico -que se jalaron en menos de lo que se dice “no hay”- ya Adolfito había gastado como 700 mil bolos. Se revisa los bolsillos del saco y siente el sobre que le dieron en el bingo suficientemente gordo. Al fin, deciden irse los tres para gozar. Las chicas llaman desde adentro a un taxi de confianza. Salen del local. Mala idea.

Afuera, el sol no escatimaba en pedanterías. El catire se dedica con sus rayos a liquidar la poca conversación que se puede conseguir con unas tipas a las que se les paga por tirar. El taxi no tarda ni un segundo en llegar, pero Adolfito cree desvanecerse como una quinceañera en una procesión. Se suben al taxi. El muy puto cacharro tiene jodido hasta el ventilador de repisa.



5
El astro rey es capaz de sacarle toda la verdad al más callado de los criminales, en cambio, dentro de un auto sin aire acondicionado raramente se genera otra cosa que una lánguida avalancha de silencios, un derrumbe de las palabras, un campo santo para la cháchara. Un carro sin aire acondicionado, bañado de fiebres y canciones de Pedrito Fernández, es como una tumba errabunda, una que solamente te abandona cuando te derrama —diligentemente media hora después— en el purgatorio. Un purgatorio que es idéntico a la puerta de tu edificio.

Pagarle 50 mil por una carrera de 15 mil no fue lo que más rabia le dio a Adolfo, fue esperar a que la conserje, con parsimoniosa y eterna actitud vida ajena, conectara la luz para poder abrir la puerta eléctrica. El “trío mal aspecto” llegó al edificio: un enfluxado dando tumbos y dos mujeres engoriladas y vestidas de satén, malla y lentejuelas. ¡Compren sus entradas! ¡Escojan sus asientos! ¡Disfruten!

Cruzar una puerta colectiva, con dos mujeres semidesnudas, por donde sus copropietarios salen a trabajar —y de donde aparecen niños bañados y arregladitos para el colegio no está nada bien. De hecho, no está un coño bien. No está ni remotamente cerca de estar bien. Pero, de más está decir que la vida de Adolfo, al menos ese día no iba para buen puerto.

En lugar de subir las escaleras hasta el piso 2, las chicas se antojaron de esperar el ascensor, lo que significaba más espera y más testigos. Cosa que poco le importaba a Adolfo, lo que sí intuía era el impostergable desagrado de algunas vecinas, al encontrarse con su propia estampa y la presencia de su alegre corte. Una vez adentro de la lata, la distancia entre los pisos parecía eterna. Es un aparato Sabiem, hediondo a miado, con un espejo escupido, sin aire y con un graffiti recién pintado entre las puertas: “te boy a sesinalte. Firma: el sicopata”.

Finalmente en la casa, tras abrir rejas y cruzar dinteles, decidieron acicalarse. Adolfito les mostró el baño y les dio toallas. Las chicas se antojaron, tenían sed, querían tomar jugo de naranja. Adolfo para dársela de pana, bajó a comprar jugos, chocolate, cervezas y Gatorade en el abasto. Fue y vino por las escaleras apestando a botiquín, aguardiente, cigarro y fragancia sexy de elaboración casera. Arriba ellas conformaban sus cheques de la noche por teléfono, y entre revisada y revisada en el apartaco, no guardaron nada en sus carteras, simplemente porque no había nada que llevarse.

Adolfo regresó. Las chicas bañadas y desnudas sobre su cama no agradecieron el jugo de naranja. Parecían salidas de un show de malas mellizas. El día estaba mostrando cosas que dentro de la disco no había percibido. Una de ellas, la más joven –¿tendría 19 máximo?- abrió el cartón de jugo familiar, lo probó del propio pico y lo dejó intacto. Ni cerveza ni Gatorade quería la otra -la que era ligeramente mayor… ¿tendría 23 acaso?-, le pidió un vaso con agua y una segunda toalla. Sin mucho que hablar, resolvían el perico sobre la carátula de un LP de Popy que ¡vaya usted a saber! de dónde sacaron. Fumaban monte a la vez que iban picando y repicando las líneas de la mierda blanca. Adolfo se desnudó y se subió a la cama buscando vida de una vez. Tocando senos, besando cuellos, metiendo mano. De pronto sintió que el queso se iba haciendo menos fuerte, por lo mal que se estaba sintiendo y por lo gordas que le estaban resultando las jevas. No atendían más que al perico y ni siquiera estaban tan buenas.

—Apaga la luz —dijo una, posiblemente la más joven.
—Sí, apaga la luz —repitió la otra. La que era un poco mayor.
—¡Putas pudorosas no joda, con la luz apagada no veo!
—Bueno, ¿tú vas a tirar o a ver? —dijo la mayor
“Buen punto”, pensó, pero decidió replicar:
—¡Las dos cosas, pero apagado no se ve un carajo y yo quiero ver la cachapa.
—Bueno, abre un poco la cortina… pero no mucho —dijo la menor.

6
Una hora y 40 después, tal vez un pelito menos, luego de un polvo por chica -y de una engañifa de show lésbico-, Adolfo escuchó, mientras lanzaba el preservativo a la poceta y a punto de caerse del sueño, a la más joven hablar por teléfono celular:

—Ay mami vente, sí. Es en la avenida principal, en frente de un kiosco grande... sí, en la calle donde vive tu amiga la que cocinó el otro día… sí la calle de Dalia, la que se viste como Boy George. Te esperamos. Rico. Sí, rico. ¡Muack!
—Ya nos vamos papi —dijo la mayor—. ¿Tú nos abres la puerta del edificio?

Adolfo luchaba por mantenerse callado.

—Danos pa´l taxi —dijo la menor.
—¡No, que va!.. ¡Ya les pagué una bola en efectivo! Además bajen ustedes, me siento mal. Tengo picazón de ojos, creo que me intoxiqué.
—Ay no seas malo papi —insistía la mayor
—¡Pichirre! —refunfuñó la menor, mientras batía la cartera contra la cama.
—No insistan muchachas. Me siento mal… de pana. Cuando bajen, al lado de la puerta está el botón rojo para abrir.


Ya era casi mediodía. El sueño ganaba. Las chicas se fueron de su casa, él se lanzó directo al colchón. Era tanto el cansancio que no pudo notar que las jevas estaban más eléctricas que cuando llegaron.

zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
¡Rrrrrrriiiiiiiig…rrriiiiiinnnngggg…rrrrrinnnnnggg….RRRRiiiiiiiGGGG…
zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
RRRRIIIIING…rrrrrrinnnng…RRRRRRRINNNG…RRRRRRRRRRRRRIIIIIIIIINNNNNNGGGGGGGGGG…RRRRRRRRRRRRRIIIIIIIIIIIINNNNNNNNNGGGGGG!
zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
¡¡¡¡¡¡¡¡RRRRRRRRRRRRRRRRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIGGGGGGGGG!!!!!!

Entre tumbos y carajazos torpes a pies y rodillas llegó Adolfo a la puerta. Al abrir se le asomó el rostro de la mujer más fastidiosa del mundo: la conserje. Apenada, nerviosa, asustada y desesperada hablaba como motor de helicóptero:
—Ay señor Adolfo, por favor. Unas amigas suyas no podían salir del edificio y se pelearon con el señor de 81. Y una dañó la puerta porque le dio con una navaja… y están allá abajo y dijeron que ellas estuvieron en el apartamento 23 y que…
—Ajá, ya bajo —barbulló medio dormido Adolfito.

Una franela gris del toro Osborne, unos boxers con la liga vencida, unos lentes oscuros rayados y la Beretta hasta las patas. Así fue vestido hasta la planta baja Adolfito. El ascensor lo esperaba. Marcó Planta Baja. Al apearse, un ruido metálico picó contra el piso tras él. Con temblor en las manos, la vista disminuida por el malestar y unos lentes oscuros se movía hacia su destino. El cuerpo le picaba. Estaba marcado por pequeñas coloraciones rojas en el pecho, la barriga y detrás de las orejas. Le costaba tragar. Al ver a las chicas armando un lío por nada, le provocó llevárselas por los cabellos, pero había gente adentro y fuera de la reja, esperando que se abriera y sin quitarle un ojo al escándalo también.

—¡Ay papi menos mal que viniste… esta vieja y este tipo, don no se qué…! -masticaba la puta más joven.

Apenas llegó, la puerta milagrosamente abrió. Los que querían entrar lo hicieron. Otros pocos bajaron al segundo piso rumbo al estacionamiento. Adolfo empujaba a las chicas con un brazo, mientras ocultaba la pistola y sostenía sus calzones a la vez con la otra. Posiblemente, por eso se apartaron tan rápido. No podía disimular nada de lo que le pasaba o llevaba encima. Caminando un poco más rápido, el calor iba punzándolo a discreción. Bajó y subió la mirada sobre sí. Se encontró como un loco que había bajado vestido con la ropa con la que baña al perro. Descubrió que tenía un pie enfundado en un zapato de goma y el otro en una pantufla a punto de romperse. Escuchó una corneta que insistente sonaba a lo lejos, y una figura regordeta que salía y entraba de un auto blanco, gesticulando y marcando, de vez en vez, todos los apartamentos del intercomunicador que da a la calle. La menor de las putas abrió el gañote antes de haber pasado la segunda reja:

—¡Gorda, menos mal que viniste y que tocaste la corneta y el intercomunicador! ¡Tremenda bulla, chama, así es que es!… ¡Jajajajaja!... ¡Una bulla!
—Yo no me iba a dejar caribear por nadie… y a usted mi reina nadie me la ofende -comentaba como un malandrito tierno, la mujer del taxi, buceándose descaradamente a la putica. Seguidamente, cambió su estilo al de un picapleitos y miró directo al rostro de Adolfito.
—¿Qué es lo que pasa aquí caballero?... ¿Por qué estás empujando a mi jeva?

Adolfo no respondió. Simplemente trataba de ordenar las páginas de ayer con las de hoy.

—¡No joda Zoraida!… ¿adónde coño estabas? ¡Bajamos en el tiempo que nos dijiste y no llegaste! Y como empezó a llover tuvimos que meternos en el edificio otra vez y ahí se pegó la mierda esa del “interructol” —apuntó, disgustada la mayor de las chicas.
—Bueno, todo el mundo a bordo. Que me llevo a mis Go Go Dancers a “rumbiar”… ¡Fino fino con bambino! —terminó diciendo la gordita marimacho y pasada de moda, aplaudiendo un par de veces y sobándose las manos con una sonrisa de oreja a oreja, como si fuese la súper reina de la diversión.

Adolfito, las dejó subirse al carro -incluso hasta les abrió la puerta trasera para que entraran sin demasiada tardanza-, pero antes de que pudieran poner el motor en marcha, en su cerebro se hizo un enorme, sonoro y torcido clic. Sacó la pistola con la zurda y se la metió con todas sus fuerzas, en medio de las tetas a la gordita.

Adolfo ya no era Adolfo. A causa de una oscura conjunción, había pasado a ser lo que la noche le había inoculado. Sentía a un animal extraño moverse dentro de su cabeza. Lo mordía y le obligaba a quién sabe qué. Estaba siendo estrictamente gobernado por un bicho raro, uno malo, maluco.

—¡Mira cachapera de mierda! ¿Tú me tienes envidia porque yo me las cojo a ellas? Porque yo… yo sí soy un varón y no como tú que eres un cuartico e´ leche de puro dedo y uña… ¿ah?... ¿qué te crees puta?... ¿no ves que eres como una cajita feliz sin juguetico? Yo a ellas me las pego, me las mamo y me las lengueteo y después me las cojo. ¿Oíste? Yo juego a que soy cachapera con ellas y después les doy machete, porque yo soy bien ocioso… ¡Yo las pongo a gozar con todo, porque tú no tienes güevo y yo sí!

Todas tres en el carro se quedaron inmovilizadas. Al punto que la siguiente fase de su acto salió mil veces mejor que la obertura. El terror las dejó a merced del caballero con lentes y en interiores.

—¡Dame acá zorra!... ¿No estás oyendo? ¿Cuánto hiciste hoy? —le gritaba en el rostro a la conductora, mientras los automóviles pasaban a un lado deteniéndose brevemente, para luego acelerar.
—¡Sí, sí va viejo!... ¡Mosca con un tiro!... Toma la billetera y lo que tengo en la guantera -se entregaba sin quedarle otra a la asediada piloto.

—¡Dame la plata de la chamba…! ¿Tú no eres taxista, pues?... ¡Cae, cae!… ¡Y ustedes dos perras de mierda, denme todo lo que tengan ahí…
—Toma chamo, es un “relós Swach”…, y si quieres este celular es de un cliente que me lo regaló -acertó a explicar la puta más joven.
—¡Qué reloj ni que coño… no quiero celular tampoco… dame la plata, la plata, el efectivo que tienen encima… ¡Ya, antes de que me queme a la “lipa de hombre” ésta y a ustedes les raje bien de pinga esa cara, no joda!

Como cierre del atraco batió la puerta de una patada y les indicó imperativamente:

—¡No las quiero ver más aquí! y tu gordita, a ti menos. Yo sé en qué andas tú. En el Bingo donde trabajas. Me echas paja y a jugar cartas con el Padre Pío -escupió, mientras le volaba una estampita del santo de la billetera de cuero que tenía la mofletuda.

Mientras el carro se alejaba, Adolfo guardó la pistola y se hizo el paisano mientras media cuadra atestada de toda clase de gente curiosa lo miraba caminar con un puño de dinero en una mano y una pistola en la otra. Ocultó como pudo —de la vista general— la pistola, y regresó hasta la entrada del edificio. Ahí, en medio de su camino al hogar se topó con dos vecinos vestidos totalmente de blanco, enfrascados en una discusión que le parecía inútil y que lo aporreaba mecánicamente en medio de sus ojos.

—Ifa, hermano… para éste año dice —decía uno.
—No, es que hay que hacerse el santo… para que el daño -refería el otro…
—Sí, y hay que ponerle las velas en forma de que… porque Yeman…

Adolfo interrumpió desorientado y delirante:

—Un permiso ahí, no joda… déjenme pasar… que me cago en todos sus dioses enanos de panteón chucuto. ¡Trabajen, hagan real con esfuerzo… y… levántense un culo como es… un culo que los quiera por lo que son y no por un puto filtro de mierda!

Los hombres tras un breve vistazo supieron que éste cualquiera si no estaba loco, iba francamente para allá. Adolfito remató su intervención señalándose los genitales con sus dos pulgares, dibujando seguidamente —sin que se le cayeran los reales ni la pistola— el símbolo internacional del bollo, uniendo índices y pulgares en el aire:

—¿Y saben qué?.... ¡Santo es éste… que siempre quiere ve-la!

Con un sudor frío zapateándole las vértebras y con los ojos inflamados volteándosele abandonó la escena. Reconocía más lejos y oscura la última reja, ahora medio dispuesta para entrar a su refugio. Caminó como pudo. La conserje le entregó las llaves que había dejado caer dentro del ascensor.

—Creo que estas llaves son suyas señor Adolfo… las del llavero con un sol riéndose.

Adolfito desde lo más íntimo se lo agradeció. Subió en el ascensor sin verse al espejo ni ojear el graffiti. Entró a su apartamento, se tomó la mitad de un Gatorade de mandarina, dos antialérgicos. Orinó sin quitarse los lentes. La pistola fue a dar bajo la almohada, los lentes bajo el jergón. Durmió boca abajo 16 horas seguidas.



7
El miércoles muy temprano bajó hasta La Guaira, almorzó solo en un restaurante a medio llenar. Se entreveía la playa, un muelle y un carguero abrumado, pero rápido y de colores neutros. A la mesa, frente a una rueda de Dorado y dos cervezas frías —mezcladas con un toque de ginebra y frescolita— decidió hacerse una promesa: cambiar su vida, pidiéndole con todo su corazón a Dios y a los hombres que lo perdonasen.


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Para sonar contigo

José Javier Rojas


-¡Charrán!
-¡Por Tutatis, qué caraj…!

Del adormilado al sobresaltado en un mismo brinco, del tiro me derramé la mitad del cooler encima con el susto causado por las guitarras desafinadas. Encaré a mis atorrantes agresores con todo el rencor del caso, considerando que lo ridículo del patuque de bebida tropical y protector solar me daba una pátina tirando más hacia lo patético que hacia a lo terrible. Ellos, impertérritos, siguieron torturando a Simón Díaz con saña.

Luna de margarita es
Como tu luz,
Como tu voz

Que nada, que no logré disolverlos con la mirada cargada de sincero desprecio. Como si tal cosa, siguieron perpetrando su atonal, arrítmica y para nada solicitada versión del repertorio popular venezolano. Porque estos afásicos animales sordos, estos bullangueros demonios encarnados frente a mi tumbona, estos músicos de Bremen complotados contra mis vacaciones, estos buhoneros del folklore impostando a cultores del arte vernáculo estaban muy invitados por ellos mismos a mi reducida parcelita de cielo, versión paraíso caribeño, tipo clase media. Y no daban señales de querer irse.

Luna de margarita es
Como tu luz,
Como tu voz

Aunque con los años he tratado de evolucionar y hacerme crecer unos párpados en las orejas, mis esfuerzos han sido vanos hasta la fecha. Resignado, traté de encontrar otro sitio feliz, uno muy lejos de ahí, preferiblemente; así que me atrincheré tras mi libro y volví a la lectura devota como quien reza un conjuro protector.

Frente a ti
El mar de las Antillas
Junto a mí
Tu caricia sencilla

Mejor que no lo hubiera hecho. Los ofendidos empezaron a discutir entre ellos, muy malencarados, la forma de lavar la afrenta. Mi desaire al ignorarlos abiertamente era el colmo de lo que ellos, padres de familia, prohombres de la comunidad, garantes del acervo y promotores del turismo endógeno podían soportar. Discutían a gritos, dando manotadas y señalando en mi dirección con tan malas pulgas que evalué seriamente una retirada y dar por perdida la jornada. “Mejor quedar en evidencia y no quedar como evidencia”, pensé.

Parecía que entre ellos había una secreta división efectiva de los poderes, lo que por estos sitios y por estos días, era toda una rareza. Había un fiscal, quien claro, era el más gritón, y para mi mala fortuna el más corpulento y exaltado. Había un juez, el más viejo y calmado, quien solo se limitaba a asentir y a negar poniendo caras de circunstancia. El más joven, enjuto y gesticulante, era el mediador y, para todo efecto, mi abogado defensor, pues se interponía, literalmente, entre el gritón y yo.

—El doctor no entiende de esta música, mira, está leyendo un libro en inglés. ¿Quién se trae un libro a la playa, y encima en inglés, sino un musiú? Tenemos que ayudar al turismo, no asustar a los turistas.
—¡Qué turistas ni qué nada! ¡Esa gente se tira ahí como unas iguanas y viven a punta de galletitas y botellas de agua! ¡Se gastan todo en el hotel y no aflojan nada pa uno! ¡Son unos agarrados y encima groseros!

En efecto, me habían retratado al detalle. No tenía dinero ni para el taxi, porque el hotel me quedaba cruzando la calle, más allá de la hilera de kioskos con artesanías típicas hechas en Hong Kong. No estaba dispuesto a pagarle un centavo a nadie más allá de lo estrictamente necesario, no por tacaño, que lo soy y mucho, sino porque de hecho no cargaba plata encima. Antes, me había librado con bien de las masajistas y su innuendo sabrosón, de los orfebres y su bisutería hiper alergénica, de los heladeros y su marchantita de toda la vida. El fiscal tenía razón en su alegato: con todos los buhoneros había tenido la mínima cortesía de decirles gracias pero no, gracias.

Ni hablar ya podía, porque mi defensa se basaba en que yo era un extranjero ajeno a las formas y usos locales. Parecía que la sangre sí llegaba al río después de todo. A la playa, más bien. Recé por un ángel que bajara del cielo con una espada flamígera, aunque me conformaba con la policía turística o con Valentina Quintero y su inseparable teléfono de Movistar.

—Bueno, bueno, ni modo… vámonos pa’ la otra punta, déjalo tranquilo, él se lo pierde.

En lugar del ángel, se materializó ante nosotros un hembrón con un hilito de licra como único continente de su contenido cimbreante al son de las olas, y las miradas de todos se fueron con sus vaivenes, estos sí muy rítmicos y acompasados. Para mi fortuna, los miembros del tribunal se fueron con su música a otra parte siguiendo embobados al metrónomo en plan serenatero.

Para vivir, para gozar, para soñar contigo
Para vivir, para gozar, para soñar contigo

Señales digitales

Juan Carlos Zamora


Voy a contarles algo que me sucedió hace poco. Una de esas situaciones que siembran dudas y desconciertos ¿Sueño?, ¿pesadilla?, ¿epifanía?, ¿triste realidad?, no lo sé. Lo cierto del caso es que sucedió y todavía me tiene pensativo, quizás hasta un poquito asustado…

Después de cepillar mis dientes, ponerme la pijama –no, esta vez no usé la de muñequitos-, rezar mis oraciones al “Súper Robot de la Guarda” (éste, me parece que es más poderoso que el ancestral Ángel), y escoger entre la tortuga gigante de peluche y la muñeca inflable, me fui a la cama, temprano, como todo buen muchacho.

La transportación fue casi inmediata, en minutos, me encontraba ya en la carretera, en pos de una playa de aguas cristalinas, blanca arena, sol amable, chicas complacientes ligeritas de pudor, y cervezas heladas al costo de un simple “gracias” (bueno, bueno, se trata de un sueño así que…)

El recorrido transcurría de manera tranquila y amena entre una dulce melodía interpretada magistralmente por el maestro Tego Calderón y la brisa marina, cuando de pronto, algo inusual y fuera de lugar distrajo mi atención.

¡Señalizaciones! Sí, en toda carretera o vía expresa tiene que haber señalizaciones, es lo lógico, ¿no? La cuestión es que no eran como las que acostumbramos ver, no señor; estas eran distintas, tenían una forma muy peculiar. No eran el acostumbrado rectángulo de fondo verde con letras en blanco, ni las rígidas figuras negras sobre superficie amarilla. No. En esta oportunidad, y aquí lo extraño del caso, lo que indicaba la dirección a seguir y con qué cosa debíamos tener precaución, eran unos dedos gigantes ¡Ajá!, leyó bien, DE-DOS. Algunos pegados a una mano pero, lo resaltante, los verdaderos protagonistas, eran los largos y rozagantes dedos esos…

Manos cerradas en posición horizontal y con el dedo acusador extendido marcaban el camino. Otras, con el mismo dedo pero en posición vertical y con un ligero vaivén, sugerían no tomar esa vía. Había otras más firmes y autoritarias todavía, que levantaban todos los dedos indicando que definitivamente no se podía pasar por ahí, o que por alguna razón debías parar. Un par de manos formando un triángulo invertido señalaban la proximidad de un túnel, y un puño con el dedo medio apuntando hacia el cielo, pues, no sé si fue colocado por mera ociosidad o si en verdad pretendía exhortar a algo.

Total que toda la travesía estuvo orientada por dedos. Sentí que eran ellos y no otra cosa quienes dictaminaban mi destino. Finalmente llegué a la tan ansiada playa, y una vez puestos los pies fuera del automóvil y exponiendo mi incipiente calva al sol, advertí ya con cierta incomodidad, la omnipresencia de las fulanas señalizaciones.

Muchas a menor escala pero, también estaban en la playa. Sólo que esta vez, por ejemplo, el par de manos formando el túnel y el dedo que apuntaba al cielo, indicaban a que género correspondía cada vestidor. Los dedos por supuesto mostraban por donde ir y todo el resto tal cual como en la carretera.

Paré un momento frente a un kiosco playero. Uno de esos en donde venden tobitos con palitas, cachalotes inflables, bronceadores con sabor a coco que igual sirven para hacer quesillos, y chucherías refrescos y revistas para pasar el rato. Me disponía a surtirme cuando de repente salió una cosa inmensa de la parte de atrás del mostrador y comenzó a señalar impune y descortésmente ¡Con mil demonios! Al principio pensé que se trataba de una afable Beluga, pero no. Era un enorme dedo que señalaba, más bien, recetaba, esto sí esto no, esto lo puedes llevar esto no. Y yo como un torpe zombie, siguiendo sus dictámenes.

Para ubicarme en la arena fue casi lo mismo. Sí, adivinaron. Un dedo marcó el punto en donde tenía que ubicarme. En otro plano quedó si el sitio era de mi agrado, o no. Al momento de broncearme, cada cierto tiempo, otro dedo tocaba mi costado para conminarme a cambiar de posición. Y para bañarme, si no era el momento, un largo dedo se interponía entre mi persona y el mar de la misma forma en que lo hacen las barras de los estacionamientos.

Tanto atosigamiento no podía llevar todo esto más que al punto de tornarse en pesadilla, y acá fue donde aquella vieja conseja popular tomo sentido para mí: “No es bueno comerse una docena de deditos de mozzarella justo antes de irse a dormir”. Finalmente, la cena comenzó a pasar factura. La cosa se puso fea, hermano. De señalizaciones, paso a simplemente dedos que me seguían a todas partes ordenándome algo.

Un grupo de dedos con la yema pintada de rojo me llevaron a empellones frente a su líder, el gran “Diosdedo” (que en idioma dactilar significa: “Dios Dedo”), y éste, con actitud déspota y autoritaria, señaló el sitio donde debía ser sacrificado: El Volcán Dactiloscópico.

Una vez ahí, cada Dedil (así se les llama a los miembros de esta tribu) me empujaba y me acercaba más y más a la boca del volcán, y cuando estaba a punto de caer en sus hirvientes entrañas, paradójicamente, otro dedo me salvó al despertarme. Fue el regordete dedo, de la robusta mano, del rollizo brazo de mi madre, quien puyando de manera sistemática mi hombro, me sacó de aquel trance.

Ahora que lo pienso, creo que ese sueño me estaba advirtiendo. Me estaba alertando acerca de algo por venir: ¿Disposiciones o personalidades impuestas a dedo? ¿Algo que no se puede tapar con un dedo? ¿La mano de Dios? O, ¿quizás su dedo? No sé, no sé… Por los momentos dejaré la historia hasta acá; además, yo sólo quería compartir el sueño con ustedes. Y recuerden que a la hora de dormir, es mejor contar ovejas y no dedos. Adiós…

http://lemuriosidades.blogspot.com/

Iglesia de Arena

Daniel Fernández



Miguel necesitó solo un verano para lograr todo lo que necesitaba.

Empezó como un vendedor ambulante de esos que parecen equeco, que venden desde pelotas de playa hasta indulgencias, bikinis y velas, baldes de juguete y condones, agua y cerveza. Era como un sancristóbal que le dejaba una sonrisa a todo el que se le cruzaba.

No cobraba tanto y en ese verano nos dejó en la quiebra a todos, pero nadie lo odió. Todos pensaron que era natural, inclusive nosotros, que nos dejó satisfechos pero sin trabajo. Y él siguió trabajando en la playa todo el año vendiéndole a quién ponía sus pies en la arena; los únicos días en que no vendió nada fue en aquellos en que había tormenta, y sin embargo podría haberle vendido sacrificios al viento.

Dos veranos después pudimos volver a la playa. Unos cuantos trabajando en el nuevo kiosco de playa de Miguel y los demás en lo que habíamos sido toda la vida, vendedores ambulantes. Por lo demás, la playa se había convertido en lo que había sido desde tiempos inmemoriales: los turistas y los pocos locales nos alimentaban a nosotros y nosotros los alimentábamos a ellos. Era natural que las cosas funcionaran así, y así siguieron por años, hasta que los ambulantes desaparecimos y el mar dejó de sonar de fondo para ser reemplazado por los beats de más y mejores kioscos de playa. Y nosotros estábamos allí, formando parte de la novedad. Nos habíamos sacrificado para tener una mejor alimentación. Todo el rededor de la bahía había sido invadido por estos negocios que ofrecían de todo, desde la mañana hasta la noche: el equeco-kiosco se había multiplicado por la playa, se habían multiplicado los turistas.

De eso hace ya diez años. Hoy, Miguel llegó a mi casa, tenía la mejilla roja y llena de arena.

—Hola, traje un par de cervezas ¿quieres conversar?

Hace ya un par de años que no conversaba con él, desde que me había convertido en el empleado del centro turístico que él había construido. Me sorprendió que llegara a mi casa vestido con un pantalón de playa y una guayabera en lugar de su traje. En la tarde había terminado la competencia internacional de castillos de playa; Miguel era parte del jurado. La competencia la ganó el dos veces campeón mundial en la categoría senior: había hecho la réplica del centro turístico en arena y la cara de Miguel al frente, mirando al cielo.

Me contó eso mientras se tomaba las primeras tres cervezas, las siguientes se las tomó sin decir una palabra. Yo no podía decirle nada a mi jefe, no quería romper los lazos que teníamos desde hace años.

Hacia la mitad de la última cerveza me dijo:

—Me quedé dormido un rato en la playa y soñé que estaba hecho de arena, que se me venía el agua y no me podía mover porque no respondían ninguno de los granitos que eran parte de mí. El agua me deshizo lento y no me dolió ni sentí frío. Desperté cuando me había disuelto totalmente

Se quedó un rato callado. Me miró y movió el cuello de la botella como indicándome.

—Construiré una iglesia.

Hoy me senté en la playa mirando al mar con una Corona fría entre las manos, el agua me estaba empezando a llegar a la cintura y de fondo estaba escuchando la misa de diez. El agua estaba empezando a tocar los troncos sobre los cuales se construyó la iglesia —así le dicen todos— aunque a mi me sigue pareciendo un kiosco de playa.